• Ana Gomez

FRONTERAS



Es apenas la cuenca del Orinoco, pero en realidad no hay frontera. La cédula es la única que marca la diferencia, lo demás, que es lo que importa, se comparte. La cédula de Wilson, por ejemplo, dice que es colombiano; el documento de identidad de su esposa, Nathaly, tiene otras letras en donde se escribe el lugar de nacimiento. En los llanos la frontera política significa poco. Los lindes están en la tierra, en el río, en los saberes y en la cultura. Allí donde también crece el cacao, tras un paisaje acorralado por las treinta y tres cuerdas del arpa que bajan el color del atardecer.


No hay montañas que guíen a los perdidos, los caballos se orientan solos, los buenos engrillan y sacan el tallo. Cabalgando se llega a Puerto Caimán, una plantación de cinco hectáreas emplazada en Arauquita. Arauquita está al norte de Arauca y Arauca muy al oriente de Colombia. Y aunque Arauquita está lejos de los centros urbanos, en las fronteras sin trazar, no se salvó del conflicto armado: petróleo, hoja de coca y guerra; desplazados, desparecidos, asesinados.


El territorio se lo han dividido durante décadas las guerrillas, los paramilitares y el Ejército. Les interesaba la frontera con Venezuela, la tierra perfecta para el cultivo de hoja de coca y el petróleo corriendo debajo de esta. Pero la coca, que fue desgraciadamente rentable, perdió la pelea contra el glifosato y contra la sustitución de cultivos. Quienes antes vivían de ella, ahora mueven bultos de cacao y cruzan tranquilos los retenes del Ejército. Es lo que hacen Wilson y Nathaly en Puerto Caimán, en donde la hoja de coca quedó desterrada.


Hasta la plantación llegó un italiano nacido en Torino, que pasó por Tumaco y allí aprendió el arte de las piangüeras, mujeres que entierran sus manos en los pantanos del manglar buscando moluscos. Se llama Manlio, un experto en cacao que lleva ya varios años ensamblando un diálogo con los cacaocultores de Arauca, Meta, Huila y Córdoba. No llegó a imponer su conocimiento, en eso es un disidente. Y con Wilson y Nathaly combinan saberes para desarrollar el cacao Banna que acompaña este texto: aromático y de acidez cítrica, el recuerdo de una limonada acompañada de un plato de duraznos, arequipe y marañón. Parece que aquí, en el mundo de los sabores, como entre la coca y el cacao, separadas apenas por una vocal, tampoco hay fronteras.


Escrito por: Carlos Ospina Marulanda


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